Me gusta noviembre y cómo su aire fresco nos acerca al invierno.
Sus hojas derramadas, que acarician nuestros pasos y el viento en su vuelo: árboles ha dejado desiertos. Susurra suaves canciones que se pierden en un paisaje acre, yerto, seco.
Me gusta noviembre. Su neblina de nostalgias: leguas de tiempo. Distancias. Recuerdos. Seguir los pasos de acequias, de silencios, de silencios viejos que a sorbos bebimos, sí, y sin darnos cuenta: Dejamos el eco dormido De la inicua vida.
Me alegra el milagro de esperar las almas, a nuestras almas que retornan fugaces, a regalarnos la esperanza de un mundo eterno.
Nuestros muertos nobles y fieles interrumpen su viaje para darnos un sorbo: el abrazo frío, que enciende la luz de nuestra soledad.
La esperanza se ilumina en una mañana otoñal: lluvia, gotas de ilusión. Nostalgia perdida de interrogantes amores que nunca llegaron. De dudas esquivas que arrinconaron secretas pasiones.
El sueño, muerte breve, nos lleva al pasado, al instante, que sólo una vez puedes beber, a fugaces y esquivas nostalgias. Oportunidad divina: ver aquella sonrisa unívoca, una mirada: la luz del amor, unas manos viejas, cansadas por el trasiego: retrato sempiterno: caricia del tiempo.
Sentir la última caricia materna en tus manos; el calor sin condiciones, y el hálito de vida que dejó en sus cansados brazos.
Me gusta noviembre. Escuchar aquella voz, sin resabio y desencanto; escuchar los ladridos: dulce ruido de un fiel amigo.
Degustar melodías, beber fantasías, del tiempo, la lluvia, que en cada otoño como en la vida: retornan los pasos, la senda donde abrevas nostalgias dormidas.
En la mañana otoñal, umbría brecha: incógnito destino, torrentes de hojas, ríos de memorias; las hojas que el viento que el viento en un grito el secreto murmulla:
“Te gusta noviembre, los ecos, las sombras de amores la tarde y un cielo, pálpitos y estruendos que la nostalgia ignora; y cuando llega el tiempo, este tiempo de pálidos cielos, abrazas el húmedo cierzo y añoras las horas del cercano invierno”.