Las nueve da la mañana del veintiocho; y gris la llovizna se apagaba; con el claror de fuego, del corazón patriota del pueblo, que engrosara filas en la plaza mayor, ante el tabladillo de San Martín el libertador; del alcalde, y el gobernador, del arzobispo, y los nobles funcionarios, y militares.
Y el mismo sol de los incas, de pronto más contento desde lo alto irradió. Cuando el libertador, al oleaje de multitud, la roja y blanca bandera, desplegó. Roja y blanca en claro azul de horizonte, con el vuelo de aves marinas, como la vio flamear. Mientras en playa de Pisco, descansaba, con el rumor somnoliento del mar.
Y con voz potente y pausada, del Perú nuestro patriótico pueblo, su independencia y libertad proclamó: Por voluntad, general de los pueblos con acta y firmas ratificadas; y por la justicia de su causa, que Dios mismo, defendía.
Y en alto la misma bandera, agitando con un ¡viva la patria! ¡viva el Perú! ¡viva la independencia! su palabra se elevó. Y volaron las campanas, su bronce repiqueteando; y con música alegrando, y cañonazos interminables humeando; entre el rugiente entusiasmo de la población, que después a la comitiva, siguió: por plazas de la Merced, Santa Ana y la inquisición, avivando las proclamas que daban las comitivas, las de a caballo, y a pie.
Aunque mujeres, escasearan; con indígenas y negros todavía marginados, por prejuicios de la época; y por cuyos derechos, se tendría que luchar. Y bailes y fiestas hubo, en toda la ciudad; hasta la noche; y al día siguiente en Palacio, con presencia de autoridades, y el mismo Libertador, que de la alegría del pueblo, que rodeaba palacio; se contagió, y hasta la marina bailó.